El verdadero origen de la Semana Santa. De los ritos neolíticos al ‘Dies Sanguinis’ romano

Semana Santa. ¿Quieres descubrir cuál es el verdadero origen de esta celebración?, la más importante del mundo cristiano puesto que rememora la muerte y posterior resurrección de Jesus, principal misterio de la religión católica.

¿Pero es la muerte de Jesus la que conmemoramos realmente o la de un hermoso joven de la antigua frigia llamado Atis? Te invitamos a descubrirlo a continuación.

Procesión de Semana Santa en Durango

Procesión de Semana Santa en Durango. FUENTE: OK DIARIO

La procesión, en un ambiente festivo pero solemne avanza por la ciudad, los cofrades desfilan entre la multitud de espectadores portando cañas, cañas, ramas y flores que también engalanan balcones, puertas y arcos por toda la ciudad. Es el primer día de varias jornadas de celebraciones, pasión muerte y resurrección en las que se ayunara, se portaran las imágenes del dios y de su madre, se llorara por su muerte y se cantara. Algunos fieles se flagelaran las carnes y muchos andarán descalzos en penitencia. Se desataran las emociones. Las procesiones se detendrán bajo balcones desde donde fieles emocionados cantan mientras lagrimas brotan de los ojos de los espectadores. Finalmente, llegará el gozo con la resurrección del dios.

¿Sevilla en semana santa?, no, Roma en el siglo I de nuestra era celebrando los ritos paganos de los antiguos dioses frigios Atis y Cibeles.

Así es, lo que ahora conocemos como semana santa no es más que la continuación sincrética (asimilación de partes de antiguos cultos modificando algunos elementos, aprovechando los antiguos espacios sagrados y las costumbres o tradiciones milenarias de los fieles que se resisten a abandonar sus antiguas prácticas) de los milenarios ritos  que comenzaron en el neolítico con los primeros cultivos hará 8,000 años y que se dan en la primera luna llena tras el equinoccio de primavera. Marcaba ese el momento de sembrar la cebada, el primer cultivo humano cuya semilla tiene que enterrarse (“morir”) para rebrotar con nueva vida.

Por lo tanto, esta era una fecha crucial para estas sociedades, y no es extraño que muchos calendarios la contemplen como un acontecimiento importante, una festividad, o incluso como el comienzo del año. Esto pasaba con los calendarios chino y romano (recordemos que en la roma antigua marzo era el primer mes del año), que celebraban en estas fechas fiestas agrícolas.

Esos ancestrales ritos fueron ganando en misticismo y complejidad a lo largo de los milenios en las diferentes culturas agrícolas que basan su supervivencia  en el perfecto conocimiento de los hitos astronómicos tanto solares como lunares que marcan las estaciones, el ritmo de las cosechas y por ende el de la vida de aquellas gentes.

A lo largo y ancho del globo, desde los fenicios a los griegos o a los celtas, todas las culturas celebran con sus ritos particulares el renacer de la vida que trae el final del invierno con el equinoccio de primavera. Tamuz, el dios babilónico moría y renacía en aquellas fechas, los egipcios convirtieron la fiesta de Marduk en la de la pasión, muerte y resurrección de Osiris, celebrada a partir de la quinta dinastía hará 5,000 años. Duraba tres días y culminaba el domingo de gloria de Semana Santa, el mismo en que Marduk volvía a la vida. Los hebreos recogieron la fiesta hará 3,500 años, tras el éxodo, y la llamaron Pesach.

La romana, una cultura que no tenía ningún problema en aceptar, asimilar e incluso oficializar  a cualquier deidad o rito extranjero (el pragmático romano creía que cuantos más dioses tuviera de su parte, mejor para el estado) también celebraba, como hemos leído en los primeros párrafos, sus particulares ritos de llegada de la primavera. En este caso las festividades en honor a la Cibeles, la gran diosa madre de la Anatolia, (la antigua Frigia, en el centro de la actual Turquía) y su hijo-amante Atis.

Famosa estatua de la diosa Cibeles en la plaza de Madrid del mismo nombre.

Famosa estatua de la diosa Cibeles en la plaza de Madrid del mismo nombre.

Cibeles había llegado a roma, según el historiador Tito Livio, gracias o por culpa de Aníbal. Según nos relata el historiador, por los años 205 y 204 a.C. el pesimismo y la desesperación se habían apoderado Roma por las derrotas que Aníbal, el famoso general cartaginés, había infringido a los ejércitos romanos. Se envió una delegación a la profetisa de Delfos para que interpretase la profecía de los libros sibilinos en la que se decía que “siempre que un enemigo extranjero invada Italia, solo se le podrá expulsar y vencer si la madre del monte Ida es trasladada de Pesinunte a Roma”.

La profetisa confirmó la profecía escrita y fueron enviados mensajeros al rey de Pérgamo en Asia Menor para solicitar que la piedra negra sagrada del meteorito, que encarnaba la presencia de la diosa en su templo, fuera trasladada a Roma.

La piedra negra, forma bajo la cual hizo la diosa tan largo viaje, fue entronizada en el Capitolio, en el templo de la Victoria, a la espera de la construcción de su propio templo que se inició ese mismo año (204). Un año después Aníbal abandonó Italia y el templo dedicado a la diosa fue inaugurado el 10 de abril de 191 a.C. en el monte Palatino. En recuerdo de este acontecimiento se instauraron los Ludi Megalenses que se celebraban anualmente en honor de Cibeles los días 4 al 10 de abril, en los que, entre otros muchos actos, tenía lugar una procesión de la que Lucrecio y Ovidio destacan el estruendo de las flautas frigias, la danza de los eunucos batiendo los tambores y golpeando los címbalos y la procesión de la diosa paseada a hombros de sus fieles por las principales calles de la ciudad.

Pero no son estas las festividades en honor de la diosa que nos atañen, sino más bien a las celebradas en honor a su hijo Atis y que conmemoran su asesinato y resurrección, ambas a manos de su, depende de la versión de la historia, amante, madre, o amante y madre Cibeles. Pero profundicemos un poco en este edificante mito, raíz de las festividades del que existen como decimos varias versiones (en todas el pobre Atis sale mal parado).

En todas la versiones Atis es un joven de gran belleza (se identifica también a Adonis) del que la diosa Cibeles se enamora perdidamente (morbo añadido en las versiones que hablan de que Cibeles es madre de Atis). En unas, el agraciado joven muere por el ataque de un jabalí, y en la más sensacionalista muere a consecuencia de que su celosa madre-amante se entero de la infidelidad de Atis con una preciosa ninfa, la enfadada diosa comienza a golpear al joven hasta que este, presa de la culpa y para no quebrantar de nuevo el voto de fidelidad prestado a la diosa, se emascula bajo el pino donde cometió la infidelidad y muere desangrado en brazos de Cibeles. En otras versiones el joven se castra al enloquecer después de que la diosa cortara el árbol al que estaba ligada la vida de la ninfa y ésta muriera.

Por si estas historias no nos parecieran suficientemente truculentas, Pausanias el historiador griego, nos cuenta otra, pero leámosla en sus propias palabras. “Zeus estando dormido dejó caer semen en la tierra, y que con el tiempo la tierra hizo brotar un demon que tenía dos órganos sexuales, unos de hombre y otros de mujer. Le pusieron el nombre de Agdistis. Pero los dioses, encadenando a Agdistis, le cortaron los órganos sexuales masculinos. Nació de ellos un almendro que tenía un fruto en sazón, y dicen que una hija del río Sangario tomó del fruto. Aquel fruto desapareció al punto en el pliegue de su vestido y ella quedó embarazada. Dio a luz y un macho cabrío cuidó del niño expuesto. Cuando creció, tenía una belleza más que humana. Entonces Agdistis se enamoró de él. Pero, una vez crecido, sus parientes enviaron a Atis a Pesinunte para que se casara con la hija del rey. Se cantaba el himeneo cuando Agdistis se presentó, y Atis volviéndose loco cortó sus genitales, y también se los cortó el que le dio a su hija en matrimonio. Pero Agdistis se arrepintió de lo que había hecho a Atis y consiguió de parte de Zeus que no se pudriese ni se corrompiese ninguna parte del cuerpo de Atis. Ésta es la leyenda más conocida de Atis.”

Cibeles y Atis (tocado con el característico gorro frigio), detalle de un altar romano procedente de Asia Menor (F. s. III d.C.)

Cibeles y Atis (tocado con el característico gorro frigio), detalle de un altar romano procedente de Asia Menor (F. s. III d.C.)

Son estas historias de muerte y renacimiento  las que se conmemoraban en Roma, ya de forma oficial desde que el emperador Claudio incorporó a religión oficial del estado el culto frigio del árbol sagrado, ritos y festividades que pasamos a detallaros a continuación. (FUENTE: DOMVS ROMANA)

15 de marzo. El primer día, el se conmemoraba con una procesión de porteadores de cañas (los cannofori) el nacimiento de Atis, expuesto en una cuna de cañas en las aguas de un río, o el encuentro del mismo en un cañaveral, en el que se habría escondido tras su castración. A continuación, se procedía al sacrificio de un buey de fertilidad y se guardaba entonces una semana de continencia y abstinencia, en la que no se podían consumir ciertos alimentos como cerdo, pescado, pan o granadas.

22 de marzo. Se celebraba la ceremonia del árbol. Una hermandad religiosa, la dendrophori magnae deum matris, (o congregación de porteadores de árboles de la Diosa Madre) cortaban un pino en un bosquecillo consagrado a la Madre de los Dioses. La operación de la tala del árbol —que debía ser cortado y nunca arrancado de raíz— se realizaba a la salida del sol. El pino cortado era entonces envuelto en vendas de lana, como según los viejos relatos frigios Cibeles había hecho con el cuerpo de Atis. Las ramas se adornaban con violetas y con los atributos del dios: la siringa, el cayado, el pandero, los címbalos y la doble flauta; una figurilla de Atis, probablemente de madera, se colocaba por último entre las ramas. Partía entonces un cortejo que recorría las calles de la ciudad y los galli desfilaban llevando sueltas sus largas cabelleras, tocando sus panderos y golpeándose el pecho en señal de duelo. Los dendrophori, provistos de ramas de pino y de antorchas, entonaban cantos fúnebres. Al término de la procesión, el árbol quedaba expuesto fuera del templo a la adoración de los fieles y transcurrido cierto tiempo se verificaba el sepelio entre un coro de lloros, clamores y música de címbalos y tímpanos. Muchos devotos permanecían toda la noche en el santuario turnándose en la vela del árbol muerto.

23 de marzo. Era el día de los funerales y de los lamentos por la muerte del dios Atis, que incluía un concierto fúnebre con instrumentos de viento, especialmente trompetas. Esta ceremonia orgiástica, presidida o iniciada por el archigallus, se celebraba en torno del pino y de las aras del santuario, en presencia de la efigie de la Mater.

24 de marzo. El día de la sangre (dies sanguinis) porque el archigallus cortaba sus carnes con trozos de cerámica y laceraba la piel con dagas, untando su sangre en el pino que representaba a Atis muerto y en presencia de la efigie de la Mater, de este modo actualizaba el sacrificio de Atis con su sangre derramada, del que habían surgido las violetas, simbolizando la resurrección de la vida en primavera.

Los fieles, debilitados por el ayuno y enardecidos por la ceremonia ritual se flagelaban fortalecidos por la tensión ritual, lo imitan conforme alcanzan el éxtasis, enajenados por la música enloquecedora, extenuados por las danzas agotadoras y aturdidos por los gritos ensordecedores se flagelaban utilizando dos instrumentos rituales, el flagelo de tiras de cuero y huesecillos que desgarraban sus espaldas, y el cuchillo de doble filo que hacía brotar la sangre de los brazos y hombros, e incluso servía a los más exaltados para la posterior mutilación sexual.

Los novicios excitados por toda la representación culminaban su actuación cortando de manera drástica su propio pene con un cuchillo de pedernal y lanzándolo a la estatua de Cibeles, probablemente como gran acto de sacrificio fecundador de la Diosa Madre, para después salir gritando de dolor. Allí donde caían, la casa más próxima tenía el deber de cuidarlos.

Los símbolos sagrados se rociaban con la sangre de los devotos, para conseguir la purificación y la expiación colectiva. Los beneficios de la misma se dedicaban, en primer término, al Emperador y a la Casa Imperial, y en segundo término al Senado, el Pueblo o la ciudad.

Finalizado el día, el pino amortajado y engalanado se cerraba en el sótano del templo hasta su eliminación al año siguiente. A continuación se iniciaba una vigilia que servía de preparación para el momento del retorno de Atis a la vida. Preparados por una dieta de leche y miel (alimentos de niño) los neófitos del culto se disponían también a renacer a una nueva vida. A la hora del alba se colocaba ante la estatua de la Mater un lecho procesional en donde se suponía que yacía el espíritu del dios muerto; se encendía una luz en la penumbra y el archigallus anunciaba la existencia divina de Atis y su culto junto al de la diosa, con el que se garantizaba el ciclo anual de la vegetación y la salvación de sus seguidores. Estos pronunciaban gritos de júbilo y celebraban ese día con una fiesta llamada Hilaria (día de la alegría, día 25, coincidiendo con el equinoccio de primavera). Tal día era de diversión en el que se permitían licencias que no se daban en otros momentos y se celebraban diversos festejos en las calles.

El día 26 era jornada de descanso y el 27 de marzo, en época imperial tenía lugar la procesión pomposa de la estatua de piedra de Cibeles sobre un carro de plata hasta el río Almo, pequeño afluente del Tíber, donde era lavada (lavatio), junto con los demás objetos sagrados, por el archigallus vestido de púrpura (color de la diosa), quien luego la secaba y la espolvoreaba con ceniza. Así se aseguraba la fecundidad de las mujeres, la fertilidad de los campos y, sobre todo, el renacimiento de las almas en una vida nueva, lejos de los sufrimientos y penalidades de la vida terrenal. Finalizado el acto, regresaban al templo en procesión.

Y así terminaban las festividades públicas (a las que seguían un par de días más de ritos privados de carácter iniciático). Pero seguro que a mas de un lector le habrán sorprendido las más que destacables similitudes entre los rituales paganos y la actual Semana Santa Católica.

Dadas las coincidencias es lógico pensar, y así  lo consideran muchos autores, que la semana santa está directamente relacionada con la entrada de la primavera y es una cristianización directa de los ritos orientales de Cibeles y Atis adoptados por los romanos y herederos  a su vez de las ancestrales fiestas agrícolas neolíticas.

Lo que estas fechas festivas son, sin duda, un buen momento para disfrutar de las tradiciones (más ancestrales delo que suponemos), de la llegada de la primavera y de los días de descanso para leer historia, reflexionar sobre el porqué de las cosas, y seguir aprendiendo para descubrir que, lo que somos y seremos viene de lo que fuimos, y que olvidarlo o simplificarlo nos aleja de nosotros mismos y de nuestras raíces más profundas.

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